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EUROPA Y LA PORNOGRAFÍA. SEXO Y CINE JAPONÉS. CAPÍTULO FINAL

Tal como cuenta Max Tessier en su libro “Imágenes del cine Japonés”, pasarían muchos años antes de que el sexo pudiera encontrar una forma de representación explícita en las pantallas niponas. El deseo sexual se mostraba mediante ambiguas miradas de los personajes y rebuscadas metáforas. Tendría que llegar la impuesta “democracia americana” en el período postbélico, para que el sexo fuera encontrando poco a poco mayores posibilidades de exhibición.
No hay que olvidar que el vello genital es tabú en el Japón y que, por tanto, no puede mostrarse públicamente. Un joven ejecutivo de la compañía cinematográfica Toho me comentaba hace unos pocos meses que el rechazo a la exhibición del vello corporal llega todavía más lejos. En el Japón actual, el mostrar el vello del torso o de las axilas está considerado de mal gusto. Sin embargo, este puritanismo no parece mostrarse con el mismo rigor en lo concerniente a la representación de la violencia. Si hacemos un repaso en nuestra memoria de las imágenes de películas eróticas japonesas que hemos podido ver, seguro que recordamos un amplio catálogo de escenas sadomasoquistas: chicas atadas, colgadas del techo por los pies, azotadas, torturadas, violadas, etc.
Y aunque recordamos estas escenas, los que hemos tenido la oportunidad de ver algunos de estos films, seguro que hemos olvidado los títulos de los mismos. Del cine japonés ha quedado en la memoria y en la historiografía cinematográfica occidental, el erotismo bello y sereno de realizadores clásicos como Mizoguchi, o la representación brutal del deseo sexual de films como “Onibaba” (1965), de Kaneto Shindo, en donde una de las protagonistas atraviesa corriendo, sudorosa y jadeante, un inmenso pantano lleno de cañaverales para poder hacer el amor con su amante. Dentro del cine contemporáneo “de autor”, desde el punto de vista de la representación del sexo, también han sido vistos y catalogados algunos films de Nagisa Oshima, como esa obra maestra que es “La ceremonia”, realizada en 1971, y, sobre todo, “El imperio de los sentidos” (1976), uno de los más bellos films pornográficos de todos los tiempos.

Pero, ¿cuáles son esas películas de carácter sadomasoquista que parecen olvidadas? ¿Son títulos aislados o, por le contrario, tienen algunos de ellos características comunes?
Para responder a estas dos preguntas tendríamos que situarnos a finales de los años cincuenta, en el momento en el que el sistema de estudios del cine japonés (que se parecía mucho al de Hollywood) pasa por un mal momento. Van a surgir entonces una serie de películas eróticas que pretenden que el público vuelva con fuerza a las salas de exhibición. Tres van a ser los realizadores más interesantes de este tipo de films: Tetsuji Takechi, Koji Wakamatsu y Seijun Suzuki. El primero conoció un juicio por obscenidad con su película “Nieve negra” (1965), que cuenta la historia de un violador y asesino, hijo de una prostituta de la base americana de Yokoda, al que le gusta introducir en la vagina de las prostitutas el cañón de su pistola. La película sadomasoquista más importante de Wakamatsu es “Enfermeras violadas” (1967), basada en hechos reales, en el brutal asesinato de un grupo de enfermeras. Sin embargo, si hubiera que destacar un único film de este periodo ése sería, sin lugar a dudas, “La puerta de carne” (1964), de Seijun Suzuki, ejemplo canónico de las películas denominadas en Francia “roman-porno”, que unos años después salvarían a la productora Nikkatsu de la ruina.
Este insólito film cuenta la historia de cuatro prostitutas, que viven entre los escombros en el periodo de la postguerra, y que se rigen por un particular y estricto código de reglas. Cuando alguna de ellas infringe las leyes de este universo cerrado es castigado por las demás. La llegada de un hombre, alteró totalmente su forma de vida. Lo mejor de “La puerta de carne” son, precisamente, sus escenas sadomasoquistas, que alcanzan su momento cumbre cuando una de las muchachas es atada y azotada cruelmente por sus compañeras. El resto es puro delirio: colores chillones, escenas grotescas, un número musical demencial a lo Minelli…
Los “roman-porno” más famosos de la Nikkatsu, rodados en pocos días y con bajos presupuestos, se realizarían en los años setenta: “La calle de la alegría” (1974), de Tatsumi Kumashiro; “Mercado sexual de muchachas” (1974), de Noboru Tanaka; “El dossier auténtico de Abe Sada” (1975), del mismo Tanaka, film de gran belleza e interés, basado en la misma historia que el posterior “El imperio de los sentidos” de Oshima; etc.

Con estos films terminaba la producción en serie de películas eróticas, que nunca llegaron a traspasar los límites que imponía la censura: ni mostraron el vello púbico de forma expresa ni mostraron actos sexuales reales. Sería necesario que Oshima realizara “El imperio de los sentidos” para que una importante fisura se abriera en el cine japonés y también en el del resto de países. Un paso más en la lucha por el derecho de representación del sexo en la pantalla iba a ser andado.

Una serie de R.F.G. y J.L.R.


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