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¡FUIMOS A PARÍS A VER MADAME CLAUDE!

Lo hicimos con “Bilitis”, lo haremos dentro de dos semanas con el estreno en Roma de “Calígula”, de Tinto Brass y, también, lo lucimos esta vez con “Madame Claude”, el último y vulgarísimo film de Just Jaeckin, un director sobre quien planea, con crudeza, el fantasma de “Emmanuelle”. El film no nos gustó nada nada… Es más, nos pareció aburrido, excesivamente ambicioso y algo pedante.
Sólo nos volvimos con el talento de la maravillosa Francoise Fabianne y la indudable belleza y sensualidad de Hay le Haddon y Marie Christine Desbayes. Como se puede ver por el balance, no es demasiado.


Y así fue. Una hora y algo más de avión, Charles De Gaulee, Champs-Ellysee y al fin “Madame Claude”, el último film de Just Jaeckin. Un redactor de una revista erótica bien puede darse el lujo de estar al día, claro. Aunque cueste un poco caro. Pero el periodismo es un apostolado, de eso no nos hace descreer nadie. Eso sí: uno siempre está dispuesto a dejarse sorprender una vez más y la prueba de ello está en que quien fue a cubrir la información casi se cae de espaldas luego de obtener su billete de entrada al cine y enterarse, por medio de un cartelito semioculto, que el film sólo era vedado para menores de trece años. Vaya, va y como “Fantasia” pero en plan verde. Y, por supuesto, la cabeza comienza a tratar: ¿Just Jaeckin se habrá decidido a tratar de hacer un poco de cine “en serio”? ¿Se trata de algún error de la imprenta encargada de confeccionar los cartelitos?

Vaya uno a saber. Lo cierto que nadie, en estos últimos años hubiera entrado a ver “Emmanuelle”, por ejemplo, si tan artera arma disuasiva hubiera sido ostentada las mismísimas narices del espectador. Pero como uno se habitúa a las extravagancias más sugestivas quien esto escribe se encomendó a todos los santos, y entró. Al cabo de una hora, ya casi se estaba comiendo la moqueta de la sala puro aburrido que estaba.

Y vamos a decirlo de una y para siempre: “Madame Claude” es un perfecto bodrio, al que los amantes del erotismo de primera categoría no pueden acudir ni quiera con seis whiskies encima. Y vamos a decir por qué: resulta obvio que al bueno de Jaeckin se le está por acabar el gigantesco negocio de “Emmanuelle”. Por lo tanto, debe renovar SU repertorio. Para eso, nada mejor que tratar de seducir a la gente de que él es muy capaz de hacer una película solito, sin ayuda de nadie, ni siquiera con Sylvia Kristel, cuyas elocuentes nalgas arrastran, por si solas, a varios millones de espectadores a las carteleras. Por eso, luego de un “Historia d´O” que no sólo es insufriblemente reaccionaria, estúpida y mal filmada, y antes de su ya éxito final de “Good bye Emmanuelle”, este director que ha sabido fundir, en la misma imagen, a Yves Saint Laurent y a Zarathustra con Corín Tellado y los manuales de divulgación sexual que proliferan en los quioscos de las estaciones terminales de tren, pensó -con astucia, eso es innegable- que podría ganar unos dólares demás si llevaba al cine una rodaja: de las memorias de Madame Claude.

SIETE BELLEZAS y UN TALENTO

Que las bellezas son siete, ocho, diez o quince, eso importa poco. Cualquiera que haga un módico censo de las sublimes señoritas que semana a semana ponen su rostro y las partes más discretas –o no de su osamenta para engalanar las portas de Vogue, Marie Claire y cualquier otra revista de gran vuelo, no tardará demasiado en ubicar a una docena de ángeles capaces de achicharrarles, con su sola mirada, los cuellos de las camisas a la mitad más uno de los hombres de esta tierra. Por lo tanto, resulta un poco ingenuo suponer que Jaeckin es un descubridor de bellezas genial. A lo sumo, se lo puede considerar un negociante que acostumbra a trabajar con mucho más dinero que el resto de sus competidores y que, con un poco más caza a esas superlativas muchachas, y nada más. Entiéndase bien: nada más. Se puede objetar que ese que mencionamos es, al fin y al cabo, un valor. Pues bien. Lo aceptamos, pero no como un punto mayúsculo sino como la simple dosis de artesanía que cualquier persona más o menos dotada y que quiera arribar al éxito debe considerar, y nada más, repetimos. Si repasamos la lista nos encontramos con una señorita despampanante pero ya bastante “conocida”, puesto que ha posado infinidad de veces paca “Playboy” y “Lui” y otras publicaciones. Hay le Haddon, revelación femenina de la película y, sin duda alguna, una joven actriz que va a dar que hablar, puesto que el color de sus ojos, la sensualidad de sus labios y un cuerpo que, si bien no es exuberante parece lo suficientemente apetecible como para que cualquiera se entusiasme con él, sin duda, la lanzarán a la fa¬ma sin demasiadas complicaciones. El resto de pupilas que integran el selecto plantel de la madame de la película hacen pensar, de acuerdo a sus dotes y virtudes -al menos las que se ven en la pantalla- que con poner un prostíbulo, con muchachas así, no alcanza. Cualquiera puede llegar a ser el dueño del mundo si consigue integrar un plantel tan selecto como para conformar a presidentes, primeros ministros, concertistas de piano, árabes a la violeta que con un tango ritual se dedican a un voyeurismo casi ridículo, y a millonarios aburridos.
La historia de “Madame Claude” no es, precisamente, un modelo de narrativa: los entretelones -con unos sesudos y disparatados toques de política-ficción, que está siempre de moda- de una señora que cultiva las deficiencias mentales de unas muchachas realmente encantadoras y que, obviamente, terminan trabajando para ella, no resulta demasiado seductora cuando se escamotean tantos primeros planos, cuando se trata de cortar todo pubis, aunque se vea a lo lejos, no sea que la censura mutile el film y luego todo el mundo no se entere de que el director no es un simple hacedor de films eróticos sino que, a este paso, aspira a convertirse en una especie de Antonioni porno.

¿Y quién pone el talento? La única, la inigualable Fraçoise Fabianne, una actriz dúctil y singular que, por momentos, parece a punto de bostezar ante el hermetismo y la frigidez que impone su rol. ¡Qué paradoja! Ella, que es todo calor, pura brasa, es la elegida para encarnar a una máquina de calcular que, sin ahondar en demasiadas profundidades, parece estar excesivamente abrumada por el profesionalismo que disponen sus muchachas, ya que además de satisfacer a los clientes más exigentes éstas aún tienen tiempo de mantener a algún play-boy con alma de chantajista.

Ahora bien, se nos preguntará qué es lo que rescatamos del film, y vamos a decirlo: además de la actuación de Françoise Fabianne, sólo nos gustó una escena en la que una dentista, que aspira a ser una prostituta profesional bajo las órdenes de Madame Claude, le ofrece sus servicios relatándole una experiencia que alguna vez vivió -bajo el rol de prostituta aficionada- en un vagón-lits de ferrocarril; son dos minutos, o menos tal vez, donde se pueden gozar los toques eróticos más estremecedores del film. Lo otro que nos interesó fue la sensualisima estampa de Marie Christine Deshayes, una actriz que, probablemente, parece tener tanto futuro como la mismísima Hayle Haddon, una muñequita a quien todavía no han terminado de pulir. Con “Madame Claude” resignamos una esperanza. Toda la bobaliconada de los millonarios que le buscan una amante de lujo a su hijo y que, a pesar de pasear por el Caribe la envían -tal vez por tradición, vaya uno a saber- a recoger a París en un jet particular; los primeros ministros y los presidentes que importan chicas y los chantajistas que, desde el primer minuto se tornan increíbles, todo eso ya sólo es anécdota y, más que seguro, si la historia del cine se detiene en ellos será porque son claros ejemplos de disparate.

En resumidas cuentas: fuimos a París a ver Madame Claude. No nos arrepentimos porque nuestro deber es informar y tener a nuestros lectores al tanto de todo lo que se genera en el mundo del erotismo. Pero nos llevamos un buen chasco, puesto que el film ni siquiera justifica un módico viaje de fin de semana a Perpignan, y bueno, otra vez será.


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