DANIELLE, parisina de pura cepa
DANIELLE es el vivo ejemplo de la fascinación que sigue ejerciendo entre nosotros todo aquello que nos viene de la dulce y vecina Francia. Entre sus productos, uno, la mujer parisina, goza de una aureola todavía más espectacular, hasta el punto de haber ocupado en muchas mentes el más alto grado de apetencia, el techo siempre deseado y nunca alcanzado con el que, a falta de concreciones materiales, se han distraído noches de insomnio. Danielle tiene todos los atributos de este sueño dorado. Parisina de pura cepa, alta, esbelta, rubia, ojos azules, displicencia en el gesto y un cierto aire distante que esconde una timidez nada acorde con las apariencias. Es precisamente esta falta de agresividad, de altanería, lo que la distingue de sus compañeros de origen. Si tantas veces se ha dicho que lo pero de París es el carácter de sus habitantes, ahora se puede argumentar que si todos fueran como Danielle el reproche desaparecería y a la fascinación que ejerce la Ciudad de la Luz habría que añadir la dulzura y amabilidad de sus mujeres.
Por desgracia, el carácter de Danielle es único en su tierra y, por suerte, mucho más próximo al que impera en las riberas del Mediterráneo, por lo cual ha decidido vivir entre nosotros y alegrarnos la vista, especialmente la de los habituales del music-hall Top-Less de Madrid, que todas las noches pueden disfrutar de su presencia en el escenario. Porque Danielle pertenece al mundo de la farándula y cuando evoluciona bajo los focos y siguiendo el ritmo de la música no hay fuerza de la naturaleza que la iguale en potencia, nervio y fascinación.
Para llegar a ello ha tenido que recorrer un largo camino, iniciado aunque se difícil imaginarlo, como secretaria. Pero pararse siete años en el templo sagrado del music-hall, el célebre Crazy Horse de París, no lo consigue cualquiera. Desde el día en que Danielle llamó tímidamente a la puerta del conocido cabaret, su director, Alain Bernardin, quedó entusiasmado con ella y no sólo la admitió, sino que demostró un interés que desbordaba ampliamente las estrictas relaciones laborales. Unas relaciones que duraron siete años, un récord difícil de superar. Al cabo de ese tiempo Danielle tenía el prestigio y las tablas suficientes como para incorporarse a cualquier formación artística, y se decidió por la “troupe” de L´Ange Blue, el cabaret de París que estaba en aquel momento rompiendo moldes y haciendo un tipo de espectáculo que tuviera el desenfado necesario para devolver al noctámbulo parisino la alegría que no le daban los tétricos striptease de Pigalle o los almibarados espectáculos –tipo Lido o Casino de París- hechos a la medida de los rebaños turísticos. Cuando la compañía de L´Ange Blue se escindió y varios de sus componentes montaron el show de Top-Less de Madrid, Danielle quiso cambiar de aires y siguió el ejemplo de sus compañeros, pasando a ser una de las reinas de la noche madrileña.
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