EL PODER DEL SEXO
Os confieso abiertamente y reconozco con toda sinceridad que siempre he tenido una mentalidad muy dudosa respecto al sexo. Quiero decir, para ser más explícita, que no sé si me gustan los hombres o prefiero a las mujeres para hacer el amor. De los hombres, temo su instinto de posesión y de las mujeres no sé en realidad qué temo, quizá el hecho mismo de pensar que amar sexualmente, desear de ese modo a una mujer supone el enfrentamiento con una sociedad cargada de prejuicios y de normas preestablecidas. Lo cierto es que, aunque soy joven y bonita, con situación económica desahogada, talento y educación, no estoy contenta conmigo misma. Me siento desgraciada, sola e infeliz.
A base de darle vueltas a mi cabeza y a mis pensamientos, decidí que para resolver mi indefinición sexual, lo mejor sería acostarme con un hombre y una mujer a un mismo tiempo. Quizás no fuera una conclusión salomónica, pero, sin embargo, os lo aseguro, a mí me dio un buen resultado. Durante unos días, me dediqué a leer y releer las publicaciones de Contactos Intimos y, después de meditarlo bien, escribí a una pareja joven y atractiva que se ofrecía para toda clase de delicias. Puse mi carta en el correo y me quedé tranquila. Tardó muy poco en llegarme la respuesta. Me citaban en un lugar público y a una hora bastante discreta. Temblaba todo mi cuerpo cuando me dirigía al lugar del encuentro. Me agradó el aspecto de la pareja. Me gustaron sus modales, su conversación y su compostura. Fue la mujer quien entró primero en la razón por la que estábamos juntos.
--¿Quieres que nos conozcamos esta misma noche o prefieres dejarlo para otro día?
Y al pronunciar eso de "nos conozcamos", me miró a los ojos con picardía y me sonrió enigmáticamente.
--Dejemos que las cosas surjan por sí mismas -respondí yo- no las forcemos.
Y continuamos la conversación, logrando así que los acontecimientos surgieran por sí mismos, de tal manera, que apenas se hizo de noche, nos encontrábamos ya instalados en un confortable apartamento donde abundaban los jarrones cuajados de flores. Algo que me sorprendió agradablemente pues, me pareció, que era como querer dar al encuentro un tono romántico. Yo apenas despegué los labios. Dejé que ellos, la joven pareja, hablara cuanto quisiera. Me dijeron que el sexo y el placer eran demasiado importantes en sus vidas, porque era un medio para conocerse mejor a ellos mismos y que cuanto más se conoce uno a sí mismo, mejor puede conocer a los demás, disfrutar con los demás y hacer felices a los demás.
La joven se acercó a mí. Se sentó a mi lado y pronto sentí cómo una de sus manos acariciaba mi hombro para enseguida deslizar sus dedos por entre mis cabellos. Una agradable electricidad me recorrió todo el cuerpo. Momentos después, sus manos tomaron mi cara y sus labios comenzaron a besar tiernamente mis mejillas, hasta que su lengua recorrió mis labios, hundiéndose suavemente en mi boca. Una entrega absoluta surgió dentro de mí y un apasionado beso nos unió a las dos. Era ella una joven muy guapa. Morena y espigada, de piel blanca y brillante, con ojos garzos y abundante cabello. Sus pechos parecían querérsele salir del vestido que se pegaba a sus muslos como una segunda piel. Me gustó ella y me agradaron mucho sus caricias. Se llamaba Adela. Cuando terminamos de besarnos, me sentí totalmente excitada.
Lo notó la chiquilla y volvió a juntar su boca con la mía al mismo tiempo que sus manos acariciaban mis pechos, comenzando a desnudarme de cintura para arriba. Sus labios se deslizaron por mi cuello y bajaron hasta mis pechos. Miles de besos depositó sobre ellos la generosa Adela. Mis pezones se alzaron desafiantes y ella los mordisqueó. ¡Qué placer! Poco a poco acabó por desnudarme del todo. Seguidamente fue ella quien se despojó de la ropa. Después, me abrió de piernas, acercó su boca a mi pubis y besó mi clítoris. Lo besó, lo relamió y jugueteó con él cuanto quiso. Yo gozaba, gozaba y gozaba. ¿Serían sólo las mujeres quienes me interesaban sexualmente? Demasiado pronto para determinarlo. Me dejé manejar por aquella preciosa criatura que parecía conocer mejor que yo dónde se encontraba en mi cuerpo la máxima fuente de placer.
Me invadía absolutamente el deseo. Yo gemía, gemía y suspiraba agradecida. Me sentía muy dichosa. Instintivamente bajé mi mano hasta su entrepierna, pellizqué su clítoris y hurgué en su vagina. Sus mieles, sus jugos y sus muchos derrames inundaron mi mano que me llevé a la boca sin pensar en lo que hacía. Esto hizo reaccionar a Adela y, alzándose de donde se encontraba arrodillada, me puso su palpitante vulva en plena boca. Nunca había tenido tan cerca de mi paladar el sexo de una mujer y nunca lo había saboreado. Aquella feliz noche, lo hice por primera vez y supe que las mujeres, sexualmente, me interesaban de verdad. Devoré aquella melosidad con ansia y pedí ser penetrada. La necesidad de que mi vagina fuera dilatada por alguien o algo estalló como un grito de angustia, y Luis, la pareja de Adela que, hasta entonces, sólo había estado observándonos a las dos mientras se masturbaba gozoso, entró en acción. Yo me encontraba reposando en un enorme diván, con el sexo de Adela pegado a mi boca, cuando noté cómo el miembro de Luis se hundía dentro de mi abrasadora vagina. La lujuria, el vicio, el ansia de gozar, el deseo de ser carne de otra carne se apoderó de mí y comencé a agitarme como una desesperada. Los tres perdimos la noción del tiempo, del espacio, del lugar. Los tres supimos unirnos profundamente, formando un solo bloque y los tres gozamos a un mismo tiempo, porque los tres lo habíamos buscado, querido y deseado.
Fue inimaginable. Me sentí unida a la pareja y sin querer prescindir de ninguno de los dos. Ambos me interesaban y con ambos estaba segura de poder ser feliz y gozar. Al parecer mi bisexualidad era notoria. Relajados y tranquilos permanecidos sobre el diván. Luis había retirado su miembro de mi vagina y Adela, al ver que todavía aquella preciosa polla continuaba alzada, se la metió en la boca tal y como se encontraba: Sucia de semen y de jugos, pero sabrosa, muy sabrosa. Mamó de ella incesantemente, sin parar, sin descanso alguno, hasta que obligó a que Luis eyaculara de nuevo. La visión de aquella enorme mamada me excitó tanto que mientras la contemplaba, me masturbé, volviendo a derramar torrentes de jugos. No exagero. Es la pura verdad.
Y la pura verdad puedo deciros que es mi constante duda ante mis inclinaciones sexuales. ¿Que soy yo: Lesbiana, heterosexual, bisexual o, simplemente, una viciosa para quien el sexo es lo primero y lo último. No lo sé. ¿Me lo podréis decir vosotros? Algún día quizás. Quizás algún día, alguien podrá decirme cuál es el verdadero poder del sexo y, sobre todo, de mi sexo.
Lolita, estudiante.
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