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UN MATRIMONIO MUY SINGULAR

¿Sabéis, amigos? Esta historia es muy bonita, muy bonita y además verídica. Me gustó cuando me la contaron y por eso, os la cuento yo: Cierta noche, en cierta cena se conocieron un gay y una lesbiana. Hablaron mucho. Intimaron. Se hicieron amigos. A ella le agradó la sensibilidad de él en los temas que trataron. Y a él le apasionó ver como su nueva amiga mantenía una situación de fuerza cuando creía llevar razón en la discusión. A los pocos días volvieron a coincidir en la misma casa donde se habían conocido. Ayudó él a hacer la cena. Se dispuso ella a preparar la mesa. Elogió el hombre la delicadeza y exquisitez con que la mujer había ordenado los cubiertos y la vajilla y adornado la mesa, mostrando al mismo tiempo extrañeza por encontrar una persona tan "fuerte" y al mismo tiempo tan detallista.

Por todo, se sintió halagada ella y gratificado él. Después de varias noches similares donde si no sucedió lo mismo, aconteció algo parecido, nuestros dos personajes, gay y lesbiana, se encontraron uno en brazos de la otra, desatándose entre ellos una pasión desconocida para ambos y que ninguno de los dos habían sentido en sus anteriores relaciones de sexo.

De mutuo acuerdo se pusieron a vivir juntos y, de mutuo acuerdo también, tuvieron un hijo. Ella descubrió en él la mujer que siempre había buscado y él encontró en ella la protección masculina que desde jovencito había necesitado. Por último decidieron amarse. Y sus noches de amor fueron tan increíblemente bellas como las de cualquier otra pareja convencional fundamentada tanto en el sexo como en el amor.

Se metía en la cama el muchacho, después lo hacía ella, cuidando hasta el último detalle para que ambos se sintieran cómodos. Y enseguida tomaba ella en sus brazos a él para cuidarle, mimarle y enaltecerle como a la más exquisita, delicada y pudorosa de las mujeres, llevando, por tanto, la parte activa en la diferenciada atracción sexual que el uno sentía por la otra. Y hacían el amor como cualquier matrimonio al uso, ocupando ella el puesto del esposo y siendo él la mujer sumisa que sólo esperaba la iniciativa de su pareja.

La vagina de ella se activaba cuando, no con grandes dificultades, había logrado dar vida al pedazo de carne que él poseía entre sus piernas. Y gozaban los dos porque, además de ser de carne y hueso, tener una sensibilidad a flor de piel y sentir ambos un deseo erótico que sabían encauzar perfectamente en aquellas, vuelvo a repetir, diferenciadas y nunca bien ponderadas relaciones, se amaban. Habían llegado a amarse y el amor. Cuando es amor verdadero, todo lo puede, todo lo consigue, hace milagros.

Pastor-Madrid


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