FOLLADA VERANIEGA
Querido sobrino José:
Hoy he contado a los amigos del pueblo tu llegada a casa a principios de este último verano, cuando te presenté a mis otras dos sobrinas y cuando tu mirada, al contemplar a las dos chiquillas, se llenó de vicio. Nos hemos reído un montón y ¡perdóname!, no he tenido más remedio que contarles lo que sucedió después y además, con pelos y señales. Bueno, más con pelos que con señales. Te dije que se trataba de dos chicas muy formales, que eran vírgenes y muy difíciles de conquistar. Te dije todo eso y tú te lo creíste. En el fondo, siempre has sido un poco ingenuo. Recuerdo que las chiquillas se quedaron a cenar con nosotros. Comimos y bebimos abundantemente y, al terminar la cena, cuando sobre la mesa quedaban únicamente los huesos del asado y unos mendrugos de pan, tú estabas ya un poco mareado y soñoliento, pero no lo suficiente como para no darte cuenta de cuanto estaba sucediendo a tu alrededor: Mis sobrinitas, Carmen y Ana, comenzaron a magrearse, a sobarse sus hermosas tetas y a entrecruzar sus lenguas en interminables besuqueos.
Pocos minutos tardaron en desvestirse y abrazarse, cada vez con mayor pasión. A ti, querido José, la contemplación de aquel cuadro te puso cachondísimo y tu rabo comenzó a crecer sin que pudieras evitarlo. Tu bragueta se resistía a mantenerse cerrada y a guardar todo el volumen que había adquirido tu polla. Mis jóvenes sobrinas comenzaron a revolcarse por la alfombra en un amasijo de tetas y culos. Observé tu aspecto de cachondez y tu deseo de mezclarte en la fiesta sexual de las jovencitas. Fue entonces cuando te hice un significativo gesto y, envalentonado te lanzaste al ataque. Ellas mismas fueron quienes te bajaron los pantalones y te obligaron a tumbarte entre las dos. Fuiste lo suficientemente habilidoso para meter tu lengua en la entrepierna de Carmen, mientras Carmen la metía en la de Ana. Los tres girasteis varias veces entre chupadas y lametones y a continuación, te echaste sobre Carmen para atravesarla con tu espada. Ana se puso sobre ti y se entregó furiosa a comerte el culo y acariciarte los cojones entre suspiros y gritos de placer. Tu polla entera se cuajó con las humedades internas de la preciosa Carmen y tu culo, tu ano, tu agujero marrón tembló de gozo con las caricias de la insaciable lengua de Ana, la cual pasó de jovencita débil y asustadiza a fiera sexual. ¡Qué ímpetu ponía en sus lengüetazos y qué enorme placer te proporcionaba con ellos!
¡Buen principio de vacaciones José! Tú que venías a tomarte unos días de descanso, te encontraste con algo que no esperabas y que no te dejaría descansar de ninguna manera. Te dejaste manejar por las dos jovencitas que estrujaron tu cuerpo lleno de lujuria. No perdiste un solo minuto y, ansioso, quisiste probarlo todo. Es lógico. La juventud todo lo arroya. Comenzaste follándote a Carmen. Al parecer, era la que más te atraía. Con tu verga bien dentro de su vagina, bombeaste con una habilidad que yo ignoraba poseyeras. Me recordaste mis años jóvenes, cuando yo, tu respetable tío, podía permitirme, mejor dicho, mi salud me podía permitir esos lujos. También yo a tu edad disfruté de esas maravillosas folladas. Aquella noche, sólo pude contemplarlas. ¡Qué pena! Como ya te he dicho, quisiste probarlo todo y sacando tu cipote del coño de Carmencita, se la volviste a meter por el ano, por su canal posterior, sin dejar por eso, de ocuparte con tu lengua del clítoris de la furiosísima Ana.
Metiste tu verga en el trasero de Carmen y, según la tenías dentro de él, acariciaste sus espaldas, sus axilas y sus tetas. La follaste por detrás durante largo rato. Tu rabo entró por aquel estrecho camino como “Pedro por su casa” que es sólo un decir, porque la niña me consta, que era virgen, muy virgen por ese lugar. Tu nabo restregó las paredes jugosas de ese angosto camino como si quisieras dejar en él toda tu masculinidad. Ella se balanceaba hacia adelante y hacia atrás para que tú disfrutases de tales empujes con absoluta plenitud. Se escuchaban sus quejidos, sus ansias de mujer dominada por un hombre y cubierta por el placer de sentir en sus intimidades los movimientos geniales de la carne masculina. Ana continuaba recibiendo en su botoncito rosado los lengüetazos constantes de tus caricias bucales, cuando al sentir que el orgasmo más generoso la invadía gritó enloquecida:
--¡Me corro! ¡Me corro!
Y se corrió feliz. Tú lo hiciste dentro de Carmen a un mismo tiempo y Carmen se dejó llevar por la corriente lujuriosa explotando de placer contigo. Los tres os revolcasteis entre ríos de leche y miel. Los tres rendisteis a la diosa Venus vuestro tributo sexual casi al unísono. Pero surgió un inesperado acontecimiento y fue que Ana, a pesar de que ya había disfrutado de un excelente orgasmo, no se encontraba del todo satisfecha, pues tú, lo sabías muy bien, no te habías ocupado lo suficientemente de ella, por eso, para corregir tu falta y sacando fuerzas de esa juventud y potencia que tienes, te dedicaste, a pesar de tu reciente corrida, a satisfacerla tal y cual ella se merecía y como tú tenías que hacerlo. Pero ella se encontraba molesta por el pequeño abandono en que la habías tenido y en cuanto te echaste sobre su delicado cuerpo tratando de hincarle tu polla hasta su raíz, te clavó con toda rabia, sus uñas en tus espaldas, pretendiendo desahogarse con ello. Te enfureció su actitud y te convertiste en un joven gladiador que necesita salir triunfador de su combate. Ella continuaba clavándote sus uñas con saña. Nunca, al follar, te habían causado tanto dolor. Todo fue nuevo para ti. Tu rabo en lugar de encogerse por el dolor, aumentó de volumen y al notarlo la joven Ana, se enfureció mucho más, multiplicando sus arañazos y sus mordiscos. Tus manos se aferraron a su culo y de tal manera apretaste que, si no te quedaste con su carne entre tus manos fue por verdadero milagro. Y así, entre golpes, mordiscos y besos la llegaste a dominar del todo, la hiciste tuya por completo y la obligaste a que volviera a correrse contigo de la misma manera y con la misma fuerza que lo había hecho minutos antes casi sola y abandonada.
Fuisteis dichosos y felices los tres y a partir de esa noche, formasteis un trío genial que no se separó ni un solo día durante aquellas vacaciones. Yo ¿qué queréis que os diga? Fui también feliz, viéndoos a vosotros, porque desgraciadamente, no me quedaba ya más remedio.
Pedro, un anciano lleno de recuerdos.
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